¡Cristo ha resucitado!

Cristo ha resucitado, y en él situamos nuestra esperanza. Estos días son para celebrar y recordar aquello que nos moviliza, aquello que nos despierta y que justifica nuestro nombre de cristianos: Somos los que creemos que aquél llamado Jesús, conocido por ser predicador y maestro, además era el Ungido, el Mesías, el Cristo, el elegido, el hijo predilecto, aquél en quien se cumplen todas las profecías, incluso aquel en quien la muerte no tiene efecto, aquel en quien la condena de Adán ya no se cierne como amenaza, por que con Cristo la muerte ya no es un castigo, sino un paso natural de la vida. La muerte, con la resurrección de Cristo, vuelve a ser nuestra amiga, nuestra hermana (como tan sabiamente lo comprendió San Francisco de Asís).

Una oración hebrea, perteneciente al ritual del Seder Pesaj, lo recuerda de forma admirable. Es la oración “Dayenú”:

¡Cuántos beneficios nos ha dado el Señor!

Si nos hubiera sacado de Egipto, sin juzgar a sus habitantes, nos habría bastado.

Si los hubiera juzgado sin vengarse de sus dioses, nos habría bastado.

Si hubiera juzgado a sus dioses sin matar a sus primogénitos, nos habría bastado.

Si hubiese matado a sus primogénitos sin darnos sus bienes, eso nos habría bastado.

Si nos hubiera dado sus bienes sin partir el mar para nosotros, eso nos habría bastado.

Si hubiese partido el mar para nosotros sin hacernos pasar a pie seco por él, eso nos habría bastado.

Si nos hubiese hecho pasar a pie seco por él sin ahogar en él a nuestros enemigos, eso nos habría bastado.

Si hubiese ahogado a nuestros enemigos sin proveernos en el desierto durante 40 años, eso nos habría bastado.

Si nos hubiese abastecido durante 40 años sin darnos el maná, eso nos habría bastado.

Si nos hubiera alimentado con el maná sin darnos el sábado, eso nos habría bastado.

Si nos hubiese dado el sábado sin llevarnos al Monte Sinaí, eso nos habría bastado.

Si nos hubiese llevado al Monte Sinaí sin darnos la Torá, eso nos habría bastado.

Si nos hubiese dado la Torá sin conducirnos a la tierra de Israel, eso nos habría bastado.

Si nos hubiese conducido a la tierra de Israel sin edificar el Templo para nosotros, eso nos habría bastado.

No es, pues, un favor lo que debemos a Dios, sino muchos, muchísimos: nos sacó de Egipto, juzgó a sus habitantes, enjuició a sus dioses, hizo morir a sus primogénitos, nos dio sus bienes, partió el mar para nosotros, nos hizo pasar a pie seco por él, ahogó a nuestros enemigos, nos abasteció en el desierto durante 40 años, nos alimentó con el maná, nos dio el sábado, nos llevó al Monte Sinaí, nos dio la Torá, nos condujo a tierra de Israel y edificó el Templo para absolvernos de todos nuestros pecados.

Con total certeza, siguiendo a nuestros hermanos judíos, podemos decir, “no es pues un favor lo que debemos a Dios, sino muchos, muchísimos”.

Agradezcamos al Señor por este inmenso regalo que es la Pascua, su Resurrección.

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